Mi historia de liderazgo con AIESEC.

Mi nombre es Alejandra Rojas, soy de La Paz, Bolivia.

Mi gran historia fue en Bogotá Colombia, trabaje en el proyecto HORIZONTES de la fundación COLOMBIA CHIQUITA.

Y mi gran historia con AIESEC empieza así:

Por el mes de septiembre me encontraba en un momento de transición, buscando completar mis objetivos y sobre todo poder dar mi vida a los demás. Ya había participado de muchas campañas sociales y proyectos; algo convirtió a esta especial y me quito la duda que tuve al comenzar.

El proceso de preparación fue fugaz pero eficiente, todo gracias al comité de AIESEC La Paz, aun les agradezco por ello, desde el primer momento me pusieron en contacto con Érica Bocachica, miembro del comité AIESEC Andes Bogotá, quien a los días me hospedaría.

Llego el día en que llegue a Colombia, en el aeropuerto me esperaban representantes del comité y Érica, ellos me llevaron a mi nuevo hogar. Ahí comienza la verdadera experiencia.

Los primeros días me llevaron a conocer Bogotá y me reuní con el comité Andes, son personas muy lindas y divertidas. Tuve un día de introducción en la fundación en las que trabajaría: COLOMBIA CHIQUITA, fui acompañada por Érica a la fundación y juntas comenzamos a entablar la relación con los niños, así mismo con la directora. Todos en la fundación, desde un principio, me hicieron sentir querida y bienvenida.

Mi primera impresión de la fundación fue muy triste, el lugar necesita de mucha ayuda y no cuenta con los recursos necesarios, se notaba la necesidad pero también el amor que existía ahí. Lo puse en oración para que este lugar sea de bendición para mi vida y yo ser de bendición para ellos.

Comenzó el trabajo en la fundación y entendí que quizás no cumpliría el objetivo de mi  proyecto, que era el de enseñar Derecho Humanos, por falta de recursos ya que mi fundación no podía pagar para maestros que atiendan a todos los niños que  estaban entre los 9 meses y 16 años de edad me vi en la obligación de dar clases de matemática, escritura, lectura y de más, fue un reto para mí, ya que yo no soy profesora, pero asumí el reto y fue de lo mejor.

Al pasar los días fui conociendo a los niños, muchos de ellos no comprendían el sentido de respeto y obediencia y tenía que aprender a ser paciente con ellos pese a que me costaba. A las dos semanas, cuando pensé que no lo lograría, tuve la oportunidad de conocer sus historias, conocer el por qué estaban en la fundación, historias muy duras que jamás me imagine escuchar, fue entonces que comprendí el porqué de su manera de actuar y reaccionar. Escucharlos cambio mi perspectiva de cómo tratarlos y cuáles eran sus verdaderas necesidades en esta etapa de desarrollo, eran niños que necesitaban amor, así que comencé a emplear esa terapia.

Pasaron los días en la fundación y me encariñe con todos y cada uno de ellos, con los profesores, con los de servicio, con todos porque pese a cualquier carencia ellos brindaban lo mejor de sí. Me tocó ver una realidad muy difícil en Bogotá, ver cómo mi fundación no tenía dinero para la comida de los niños. Estas cosas marcaron mi vida, lo que creía que sucedía y despertaron ganas de dar más de mí, me hizo pensar en la realidad colombiana y la realidad de mi país, que es lo que de verdad sucede en mi tierra, esta necesidad y compromiso por los demás fue lo que más se ha creado en mí.

Más allá de cualquier percance que tuviera puedo decir que mi experiencia fue maravillosa, no cambiaría un segundo de mi viaje, conocí gente maravillosa, abrí los ojos y crecí, me cambio la vida  y volví renovada.

Mi experiencia con AIESEC fue lo mejor que me ha pasado en la vida.

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